El 8 de marzo no es una fecha simbólica ni un ejercicio de discurso vacío. Es, y debe seguir siendo, un día de confrontación política. No nació para celebrar identidades abstractas ni para generar consensos cómodos, sino para visibilizar un conflicto material muy concreto: la explotación y la desigualdad que sufren las mujeres trabajadoras. Por eso no es casual que, con el paso del tiempo, se haya intentado borrar ese apellido. Eliminar la palabra trabajadora del Día Internacional de la Mujer Trabajadora no es una actualización inocente del lenguaje: es una operación política destinada a vaciar de contenido de clase una jornada que nació del conflicto laboral, de la organización obrera y de la lucha por derechos. Antes de que las mujeres pudieran incorporarse de forma generalizada al empleo asalariado, ya trabajaban. Lo hacían en el ámbito doméstico, en el campo, en la economía informal y en todas aquellas tareas imprescindibles para sostener la vida. Un trabajo esencial, no remunerado...